Estoy como en mi habitación convertido en Gregor Samsa. Hoy no trabajo, no podré ir a misa mañana; mucho hablas. No sé qué signifique realmente, y hay veces como ahora que miro adelante y atrás, siento la saliva extraña en la garganta. Quiero sentir tu mano en mi hombro y detenerme, después de escuchar su voz en mi recuerdo, trato de encontrar algo del vértigo que he perdido. La oscuridad no permite algunos destellos, sin embargo, estoy abrumado y enceguecido de tanto pensar. Mucho hablas. Estas dos palabras resuenan como el tren en un túnel; es la diferencia tuya y mía para coincidir como antípodas. Tengo todas las intenciones detrás mío y todo el temor por delante. La luz de la calle centellea y se mantiene tenue y fría por el vaho que esputa el río. La noche está en mí.
Sal de ahí, me repetía y me veía
a mí mismo desde lo alto; ¡sal de ahí! Mi generación ya no tiene la necesidad
de dedicar su obra y cotidianidad a un compromiso político, sin embargo, heme
aquí, estoy por contrariar mi destino. Fui el artífice de algunas desventuras
al cruzarme por tu camino; ebrio y dolido. Soy digno de tus reproches. Lo
último que ocurrió fue en una sala donde estúpidamente ignoré toda señal de
peligro y los octógonos imaginarios en mi cabeza que parpadeaban ¡cuidado! ¡tres
contra uno!
—¡Basta, lárgate, que no sabes
pelear, ni fuerza tienes!— recordó sus palabras.
No merecía tanto tu indiferencia,
pero esta pena se me enrolla entre los pies y me hace tropezar. Hay tanta
rareza y hermosura entre nosotros… impiden una conexión en momentos como hoy: una
serie de sucesos determinantes, aparentemente inocuos, pero heme aquí. Quiero
decirte algunas cosas que por temor nunca dije. El momento no es bueno ni
oportuno; sé que no vendrás. No sé por qué pienso, pero sé que esto nos separa
de los animales. Los animales tienen el instinto de supervivencia como prioridad,
que no ponen a prueba: los hombres somos gobernantes de la estupidez, el
instinto nos es ajeno; puedo dar fe… con una mano me limpio las lágrimas y con la
otra sujeto la verja en el umbral hacia el vacío, me columpio, el río me llama.
—Sal de ahí.
No puedo, no tengo miedo: en algún
momento pisaré en falso. La luz de la calle centellea y se ahonda en la bruma, en
el vaho y el reclamo del río. Qué no daría por volver a escucharla; no importan
las palabras, sólo el tono de su voz. La vida es breve, me repetía, vive. No te
pierdas en las banalidades, sueña. Posiblemente ella me habría dicho algo así;
no pude seguir sus pasos, perdí su rastro. La vida palpita, siento su voz en el
ritmo de mis latidos. Estoy harto de inventar, pero es mi confesionario, porque
mañana no iré a misa.
No siento miedo, estoy vacío. La prefiero
a ella, aunque sé que no vendrá. Mi padre ha muerto y no tengo quien me reclame.
Esta mañana vi su rostro sin vida; sé que no escuchó mi declaración. Lidiaba con
su ausencia: mil setecientos setenta y nueve días que no pude olvidar su rostro
durmiente. Porque la soledad congela con su tacto sutil solo cuando tu padre
muere; se hiere el alma. Este era el lugar de la Mancha de cuyo nombre no
quiero acordarme… adiós.
—Ya, sal de ahí, estúpido, baboso
¡Vámonos!—. Me abrazó y me tiró de un jalón tras la verja hacia la pista. Mucho
hablas, me dijo.

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